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NO AL RACISMO, NO AL CAPITALISMO PDF Stampa E-mail
giovedì 17 gennaio 2013

NO AL RACISMO, NO AL CAPITALISMO

 

POR LA UNIDAD DE CLASE ENTRE TRABAJADORES NATIVOS E INMIGRANTES

 

Dossier de la Comisión inmigrantes del Partido de Alternativa Comunista-

Sección italiana de la Liga Internacional de Trabajadores

 

Un poco de historia del racismo: sirve un enfoque marxista

 

La mayoría de los análisis históricos  y sociológicos del fenómeno racista prescinde del análisis de la estructura social y económica. Desde los estudiosos del “racismo clásico” hasta los sociólogos que han inventado la categoría del “neoracismo”, falta una lectura de las manifestaciones de discriminación racial que parta de un análisis del capitalismo y de sus evoluciones. Intentar esbozar algunas de las líneas fundamentales en la interpretación del fenómeno racista requiere, en primer lugar, despejar el campo de un vicio de fondo que se encuentra en la mayoría de las investigaciones sociológicas contemporáneas: la tendencia a considerar el racismo como una teoría, una concepción del mundo susceptible de transformarse en acciones y políticas de exclusión más o menos violentas.

Echando un vistazo a la copiosa literatura sobre el tema, nos encontramos con un avalancha de periodizaciones y reconstrucciones históricas que, en el mejor de los casos, consideran las determinantes históricas y sociales como elementos secundarios, que hay que tener en cuenta sin atribuirles un valor explicativo real. Entre éstos, el elemento con el cual se confrontan los académicos de todo el mundo, enseña muy bien la tendencia a tratar el racismo como un concepto que resiste a las tormentas de la historia; que, a pesar de la evolución de la estructura económica y de las relaciones entre las clases, puede de forma legítima atribuirse a distintos fenómenos pertenecientes a contextos heterogéneos entre sí. Hacemos referencia a la pregunta que a menudo viene utilizada como prólogo en los tratados sobre el tema: “¿Cuándo se asienta la noción de raza?” Un clásico sobre el tema, El racismo en Europa de G.L.Mosse, escrito en los años Setenta, coloca el origen del “pensamiento racista” en la Ilustración: el racismo se reduce a un subproducto del racionalismo ilustrado, con las primeras teorizaciones explícitas sobre la superioridad de la raza blanca con respecto a los negros y a los judíos. La reconstrucción histórica que de ésto deriva considera el fenómeno exclusivamente desde el lado de las concepciones filosóficas, religiosas y culturales.

Recordemos las palabras de Marx y Engels que, hace dos siglos, en la Ideologia alemana, estigmatizaban la mistificación de la realidad que se genera cuando “considerando el curso de la historia se desvinculan las ideas de la clase dominante de la clase y se hacen autónomas, si nos limitamos a decir que en una época han dominado estas o aquellas ideas, sin preocuparnos de las condiciones de la producción y de los productores de estas ideas”. Es especular el error de quien, aunque considere  superado dicho enfoque, en la práctica, reproduce el vicio de fondo yendo en búsqueda, a lo largo de la historia de la humanidad, de actos racistas: de esta forma acaban en el mismo saco la conversión de los judíos de Menorca en el 417 d.C. Y el nacionalsocialismo, fenómenos que pertenecen a ámbitos tan distintos que resultaría extravagante cualquier intento de clasificación común. Lo que falta es, en primer lugar,  enmarcar el fenómeno del racismo contemporáneo en la especificidad del contexto capitalista y secundariamente en las específicas etapas históricas del capitalismo.

 

Racismo, colonialismo e imperialismo

 

Si es incorrecto afirmar que el racismo nace con el capitalismo puesto que fenómenos de intolerancia racial, como es evidente, se dan a lo largo de toda la Historia, a pesar de eso es verdad que el racismo adquiere un significado nuevo y absolutamente peculiar con la afirmación del modo de producción capitalista. Como hemos dicho, el error que está en la base de muchas reconstrucciones históricas consiste en separar el racismo del contexto capitalista que lo define, aplicándolo de manera ilegítima a todas las épocas históricas. Para hacer una analogía, es la misma transfiguración de la realidad que Marx atribuye a la economía política, que representa las relaciones de la producción burguesa (por ejemplo, la renta en el análisis de Ricardo) como categorías eternas. La propiedad privada de los medios de producción y la relativa opresión de clase hacen que la burguesía necesite, de forma distinta en las varias fases, el utilizo y la construcción de una sobrestructura ideológica para el mantenimiento de su dominación.

El racismo, dentro de un contexto capitalista, no puede someterse a esta ley general. No es una pura casualidad si el  llamado “racismo científico”, es decir, aquellas teorías basadas en la idea de que exista una diferencia esencial en naturaleza entre los distintos grupos humanos, empieza a difundirse, en un principio, gracias a la expansión colonial europea y después  a través de la sucesiva “fase imperialista”. Desde luego, la intolerancia racial no es un fenómeno nuevo: ya en las colonias inglesas en el norte de América la explotación de los esclavos que venían de África era una práctica común y se ajustaba a las teorías cristianas sobre la inferioridad de los no convertidos. En particular es en el siglo XIX, con las grandes conquistas coloniales de Inglaterra antes y las de Francia y Alemania después, que se llega a a justificación ideológica del fenómeno. Emblemático es el éxito que, en la segunda mitad del siglo XIX, tiene en Francia la obra de Arthur de Gobineau, Sobre la desigualdad de las razas humanas, que elabora una teoría de la decadencia según la cual la humanidad está en peligro de extinción por el mestizaje de las razas. De la misma forma, Gustave Le Bon propone una clasificación de las razas humanas dividéndolas en razas superiores (las indoeuropeas), intermedias (las semíticas) y primitivas. En Francia como en Inglaterra y Alemania se difunden teorías pseudocientíficas que buscan en las cencias naturales la justificación de la opresión colonial, intentando legitimar desde un punto de vista teórico la existencia de las “razas humanas”.

El racismo, en el siglo XIX, es la ideología que está en la base de la explotación salvaje de las colonias. A partir del siglo XXI, la lucha para el reparto de las colonias se conecta y se transforma en la fase imperialista del capitalismo. Como ya subrayó Lenin en El imperialismo como fase suprema del capitalismo, “El pasaje del capitalismo a una fase de capitalismo monopolístico financiero está relacionado a una exacerbación  de la lucha para el reparto del mundo”. La formación de monopolios permite la “sostitución definitiva del capitalismo antiguo por el moderno”, hace que la exportación de capital adquiera dimensiones gigantescas (sobre todo a principios del siglo XX): la época de los monopolios es la expresión de la dominación del capital financiero. Este último, como subraya Lenin en la misma obra, aunque sea capaz de avasallar también Países con una plena independencia política, considera más fácil y más rentable subyugar aquellos países y pueblos que ya no la poseen.

El colonialismo del capital financiero es sui generis y la “superestructura extraeconómica” contribuye a ésto, agudizando el impulso hacia las conquistas coloniales. En este contexto se explica la difusión del “darwinismo social”, doctrina según la cual la competencia entre grupos humanos y sociales está regulada por las mismas leyes de la selección natural: es

 justo que las  clases oprimidas y todos los seres humanos “inferiores” (negros, mujeres, homosexuales) sucumban para permitir la supervivencia de los que “mejor se adaptan” y de esta manera favorecer la conservación de la especie. En su variante más racista, el darwinismo social, que en realidad se aleja mucho de las ideas del mismo Darwin, sostiene que el motor de la Historia es la lucha por la supervivencia entre las distintas “razas”, lucha donde la prevaricación está permitida para la autoconservación. En estos años adquiere cada vez más fuerza el llamado racismo científico que, traspone de forma ilegítima las teorías darwinianas sobre la evolución a la esfera de las relaciones sociales y que intenta demostrar la existencia de “razas”cuya caracteristicas biológicas o somáticas corresponderían a las aptitudes mentales, a las conductas, a las costumbres; dichas razas, son, por consiguiente, puesta de forma jerárquica en una escala de valores.

 

 

 

 

El racismo como ideología del Estado

 

Con el nazifascismo el racismo adquiere un sentido nuevo, se vuelve una ideología del Estado, se ramifica en todos los ámbitos del conocimiento, con el beneplácito del Estado: medicina, genética, biología, antropología, psiquiatría, historia. Los pueblos están clasificados en términos de raza, cada disciplina se vuelve funcional para afirmar la superioridad de la raza ariana. También en este caso, para entender el fenómeno en toda su especificidad, hay que individuar antes la función histórica del fascismo.

Éste, en cuanto sistema estatal a sueldo del capital financiero, tiene que separar la vanguardia proletaria y mantener toda la clase bajo un estado de fragmentación forzada. En este contexto se introducen tanto el antisemitismo utilizado en la propaganda nazista como, de forma más general,  la ideología racial del Tercer Reich: la crisis económica y social produce una intolerancia general hacia el capital financiero, la cual viene transformada por los nazis en odio en contra de los judíos. La burguesia alemana utiliza el nazismo y, por lo tanto, el antisemitismo para afirmar una dominación sobre las masas alemanas para conseguir los objetivos imperialistas a nivel europeo. Por un lado se aniquilan todos los apoyos del proletariado: organizaciones sindicales, partidos, etc., por otro se utiliza la debilidad revolucionaria del proletariado alemán (y de sus direcciones) para poner las masas en contra de objetivos que no menoscabrán realmente el poder del capital financiero.

El antisemitismo nazista se puede entender sólo si se lee en este contexto. Por esta razón, aquellas reconstrucciones que hoy en dia siguen siendo muy difusas y que veen en el antisemitismo nazista el apogeo de un movimiento secular constituido de actos de intolerancia religiosas tienen muy poco valor científico. Es el caso, para poner sólo uno de los muchos ejemplos, de la reconstrucción de Michel Wieviorka que, en su célebre ensayo sobre el racismo, busca los orígenes del racismo de estado del nazismo en el antisemitismo de la España de la Reconquista, cuando en el siglo XV los judíos fueron expulsados de aquel país. Haciendo una comparación entre la España de finales del siglo XV y la Alemania del siglo XX corremos el riesgo de cometer una ligereza no sólo desde el punto de vista historiográfico, sino también de avalar la idea de que el judío represente efectivamente un grupo humano distinto, una etnia por así decirlo.

Abstraerse del contexto histórico y lanzarse en reconstrucciones totalmente ajenas a la lección marxiana es una tendencia muy difusa también en otras ramas de la historiografía contemporánea: muy a menudo se tiende a  pensar que las ideas son el motor de la historia y así se cae en el cuento de las “guerras humanitarias” o de la “lucha contra el terrorismo”. Durante la guerra de los Balcanes, los conflictos internos en la Ex Jugoslavia venían explicados como epifenómeno de conflictos religiosos, mientras que otros brillantes intelectuales buscaban en el atentado de Sarajevo de 1914 los “orígenes culturales” del conflicto en curso. El racismo del Nazismo es por lo tanto al mismo tiempo un producto y un medio de la estrategia de la burguesía alemana y de sus apetencias imperialistas: el fascismo italiano representado por los mismos intereses de clase llega a adquirir, aunque con un poco de retraso, los mismos paradigmas ideológicos. En 1938 el Giornale di Italia publicaba un artículo titulado  “El Fascismo y los problemas de la raza”, mejor conocido como “Manifiesto de la raza”, que constituye el principal documento teórico del racismo del Estado italiano y que servirá como base teórica para las sucesivas leyes raciales.

El texto se basa sobre una concepción de la raza fundada sobre datos biológicos y defiende a capa y espada la “arianidad” del pueblo italiano. Si ya en el pasado, para suportar a nivel ideológico la política colonial en África, se habían difundido teorías racistas, sólo en 1938 se llega a ver el enemigo en los judíos con la consiguiente intensificación de las políticas antisemitas: el retraso se explica claramente por las características peculiares del contexto socio-económico italiano. No es un caso si, a diferencia del Estado alemán, el intento italiano de crear un “Estado racial” encontrará muchas resistencias no sólo por la evolución negativa de la participación italiana en la segunda guerra mundial: la presencia de comunidades judías en Italia y su rol en la economía tuvieron una  incidencia menor con respecto a otros países.

 

El racismo hoy: las polìticas discriminatorias de los Estados europeos

 

La crisis económica en la que ha caído hoy en día el sistema capitalistico se traduce en un ataque a toda la clase trabajadora. El grande capital, para compensar la caída del tipo de beneficio, desmantela los derechos que los trabajadores han conquistado en décadas de lucha, con la ayuda de los gobiernos, de todos las coaliciones burguesas (centroderecha y centroizquierda) y con la complicidad de las burocracias sindicales. Despidos, grande utilizo de los amortiguadores sociales (que preveen una reducción del salario), empeoramiento de las condiciones salariales, subida de la edad para la jubilación: son sólo algunos de los ataques  asestados por gobiernos, capitalistas y burocracias sindicales en contra de la clase trabajadora. A todo esto se junta la privatización de los servicios públicos, que han sido malvendidos a privados con la subida de las tarifas y el empeoramiento de la calidad de los servicios.

A todo ésto se añade el hecho de que, para intentar salvar los bancos en quiebra y financiar los amortiguadores sociales, los gobiernos han utilizado fondos públicos y se han endeudado con los organismos financieros y políticos internacionales (Bce, Fmi y Comisión europea, la llamda “Troika”). Ésto ha llevado al endeudamiento de muchos países europeos, en particular los llamados Piigs: Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España que ahora tienen una deuda pública enorme. Los organismos europeos, sobre todo la “Troika”, para volver a negociar la deuda, piden a los gobiernos de estos países la aplicación de los llamados “planes de austeridad”: se trata de planes que preveen medidas draconianas para los trabajadores y una remodelación muy dura de aquella cuota del gasto público destinada hasta el día de hoy a los servicios públicos (Escuela, Sanidad, Transportes, Servicios Sociales, etc.). Los gobiernos de los países endeudados, tanto los de centroderecha como los de centroizquierda (como Grecia), están poniendo en marcha estos “planes de austeridad”, descargando sobre la clase trabajadora los costes del pago de la deuda del Estado.

En Europa son los inmigrantes, es decir la parte más explotada de la clase trabajadora, las primeras víctimas de estas políticas patronales. Los capitalistas y sus gobiernos, junto a las burocracias de los sindicatos, quieren dividir la clase trabajadora, fomentando la contraposición entre los trabajadores inmigrantes y los trabajadores nativos. En este contexto se explica la ofensiva ideológica que intenta criminalizar los inmigrantes en nombre de la “seguridad de los ciudadanos” nativos: una ofensiva racista que ha sido favorecida y apoyada, indiferentemente, por gobiernos de centroderecha y de centroizqueirda. Pensamos a la “caza al inmigrante” lanzada en los últimos años en las ciudades italianas por alcaldes  de ambas coaliciones: no sólo los alcaldes de la Liga Norte, sino también los de centroizquierda (Chiamparino, Cofferati, Domenici, etc.), los cuales han emitido ordenanzas que obstaculaban las libertades más fundamentales de los inmigrantes.

En el nombre de la “seguridad” los gobiernos burgueses han creado en estos años leyes cada vez más racistas, con el objetivo de obstacular la libertad de circulación de los inmigrantes por el continente europeo. Se trata de leyes que nacen dentro de un marco común, el de la Union Europea, es decir la Europa de los banqueros y de los industriales: las directivas de la Ue en materia de inmigración se han endurecido en estos últimos años, favoreciendo la aparición de fenómenos graves de intolerancia racial. Analizando estas leyes, podemos ver un propósito común a los gobiernos de centroderecha y de centroizqueirda: el objetivo es el de obstacular la inmigración de los extracomunitarios, hacer posible el chantaje a los trabajadores inmigrantes ya presentes en el territorio europeo, transformar los inimigrantes en un chivo expiatorio de la crisis del sistema económico, favorecer la división dentro de la clase trabajadora fomentando la guerra entre pobres.

En Italia, han sido los gobiernos de centroizqueirda (con el apoyo de los parlamentarios de los partidos que se definen “antiracistas”, como Rifundación Comunista e Izquierda Ecología y Libertad) que han abierto el camino a las leyes racistas de Berlusconi y de la Liga Norte. Han sido los gobiernos de centroizqueirda los que han instituido los Cpt (Centros de estancia temporal, es decir lager donde están encerrados los inmigrantes sin papeles), los que han sellado los primeros acuerdos con el dictador Gheddafi para frenar el flujo de inmigrantes provenientes de África (favoreciendo de esta manera torturas y violencias hacia los inmigrantes africanos en las cárceles de Libia), los que han votado el primer “Paquete sobre Seguridad”(2007) para favorecer la expulsión de los ciudadanos comunitarios (Rom y Rumanos). Los gobiernos de derecha han prácticamente retomado estas medidas, agravándolas: han hecho más difícil la regularización de los inmigrantes presentes en el territorio italiano, atándola al contrato de trabajo (Ley Bossi-Fini que nunca ha sido abolida a partir del segundo gobierno Prodi), han pospuesto hasta 18 meses el período de detención en los centros de estancia temporal (ahora Cie, Centros de identificación y expulsión), han introducido el “delito de clandestinidad”, han emanado “falsas amnistías” limitadas a empleadas de hogar y cuidadoras de ancianos, han hecho más difícil todo el proceso para conseguir la ciudadanía. Se trata, hay que subrayarlo, de medidas conformes a las directivas europeas.

De hecho, las mismas medidas han sido tomadas en otros países europeos, Francia ha sido la vanguardia en llevar a cabo disposiciones racistas. En los últimos diez años han sido introducidas normas que dificultan la entrada en Francia de nuevos inmigrantes (a través de medidas penales dirigidas no sólo hacia los clandestinos sino también hacia los que intentan ayudarles) y limitan mucho los derechos de los extranjeros que llevan en Francia muchos años y han sido “regularizados”. Para hacer unos ejemplos de las políticas racistas de los gobiernos franceses: cada vez más se obstaculizan las reuniones entre familiares, se fichan de forma mucho más rígida los inmigrantes sin papeles (huellas digitales y datos biométricos), el periodo de estancia en los Centros de detención (en Francia hay un centenar de centros de expulsión, a los cuales se suman unos 100/150 centros de detención para inmigrantes, que en muchos casos están hacinados). Por último, Sarkozy ha dictado una disposición para la repatriación de cientos de Rom presentes en el territorio francés, considerados “responsables” por causas raciales de perjudicar la seguridad de los ciudadanos franceses. Además hay que recordar que en Francia vige hace tiempo (mucho antes que en Italia) el delito de clandestinidad.

Pero las cosas no cambian en otros países, gobernados por coaliciones de centroizquierda: en España el gobierno Zapatero ha dictado medidas que favorecen la repatriación a los países de origen de  inmigrantes regulares, ya presentes en el territorio español, ha atado la regularización  sólo a los que poseen un regular contrato de trabajo (como con la ley Bossi-Fini). Lo mismo se puede decir de Alemania, donde tanto la coalición de centroizquierda liderada por Schroeder como el actual gobierno de Merkel han llevado a cabo políticas xenófobas: del crimen de clandestinidad a los obstáculos por las reuniones familiares (incluída la obligación de hablar alemán).

 

Chantaje salarial y xenofobia: la unidad de clase como respuesta

 

Estas leyes han tenido dos efectos sobre las vidas de los inmigrantes presentes en los Estados de la Unión europea. En primer lugar, han hecho más sujetos a chantaje a los trabajadores inmigrantes. Puesto que éstos están atados a un contrato de trabajo para poder obtener los papeles, están obligados a aceptar condiciones contractuales pésimas, sin alguna posibilidad de negociación. El hecho de que los padrones puedan utilizar contratos precarios ( a tiempo determinado, de colaboración, en prácticas) hace que los trabajadores inmigrantes permanezcan en una condición de chantaje permanente. En muchos casos, los inmigrantes sin papeles trabajan en negro en condiciones de trabajo que se parecen a las de los esclavos, bajo amenaza de ser denunciados. Las protestas en el sur de Europa (como en Rosarno en Italia) han hecho llegar a las páginas de los periódicos la dura realidad del sistema ilícito de contratación de mano de obra mediante capataces, sobretodo  en las zonas rurales de los Países mediterráneos. De forma similar, en las fábricas de las zonas más industrializadas  los inmigrantes han sido empleados en las mansiones más bajas y peligorsas para su salud, con contratos que preveen un salario menor con respecto a los trabajadores nativos. Y hay más: la situación de chantaje dificulta hasta las sindicalización de los trabajadores inmigrantes que, sólo por afiliarse a un sindicato, corren el riesgo de que no se les renueve el contrato de trabajo. En otras palabras, los inmigrantes están destinados a ser prisioneros: prisioneros en los Centros de detención, si son clandestinos; prisioneros en los lugares de trabajo, si tienen los papeles. Pero las leyes racistas de los gobiernos europeos han tenido otro efecto nefasto: han servido para fomentar el odio racial en contra de los inmigrantes, favoreciendo la división dentro  de la clase trabajadora. La crisis del sistema capitalista lleva los padrones a buscar un chivo expiatorio sobre el cual echar toda la insatisfacción de las masas: este chivo expiatorio en muchos casos son los inmigrantes. La ofensiva ideológica y xenófoba de los gobiernos burgueses ha determinado la difusión de fenómenos de violencia racial, favoreciendo el crecimiento a nivel electoral de la derecha xenófoba más extrema en muchos países europeos. La complicidad de las burocracias de los sindicatos de concertación en fomentar la guerra entre pobres (¡ en muchos casos los primeros a ser despedidos son los inmigrantes porque  los sindicatos de concertación intentan defender ante de todo a los trabajadores nativos!)es un hecho gravísimo, que muestra una cada vez más fuerte subordinación  de los sindicatos a las políticas de los gobiernos burgueses.

La crisis económica y sus consecuencias en la piel de los trabajadores, junto con las políticas traidoras de las burocracias sindicales, agudizan el alejamiento de la clase trabajadora de los aparatos sindicales de concertación. Las burocracias de los principales sindicatos de concertación son, en toda Europa, el apoyo principal a las políticas en contra de los obreros de los gobiernos burgueses: de la Cgil en Italia a la Cgt en Francia, de Ugt y CCOO en España a las trade unions inglesas, es sobretodo por estos aparatos si la clase trabajadora en Europa non pone en marcha una acción unitaria, de masa y a ultranza para rechazar las maniobras financieras y los planes de ajuste impuestos por la Unión europea. Estos aparatos han decidido ofrecer su apoyo a los gobiernos, favoreciendo así la fragmentación y la pasividad de la clase trabajadora. Pero, como nos enseñan los trabajadores griegos, las movilizaciones de los jóvenes en España y Portugal, las luchas en Rusia, Ungária y Romanía etc. se va perfilando una temporada de grandes luchas de la clase trabajadora, la cual no está dispuesta a aceptar las medidas draconianas impuestas por los gobiernos y las burocracias sindicales. La extraordinaria experiencia de las revoluciones en el Norte de África y en Oriente Medio han demostrado un grande poder de contagio: las masas árabes han demostrado a los trabajadores de todo el mundo que es posible echar abajo dictaduras militares. El ejemplo de estas revoluciones será una guía también para las luchas en Europa.

Es este contexto, urge construir  en Europa una dirección política y sindical que sepa unificar las luchas de los trabajadores nativos e inmigrantes en una acción de lucha a ultranza, empezando por una huelga general europea para rechazar las maniobras  de la UE, del Bce y el Fmi. Los trabajadores inmigrantes pueden y deben organizarse de forma independiente,  pero siendo conscientes que sólo la unidad de toda la clase trabajadora podrá rechazar los ataques actuales.

 

Una plataforma reivindicativa de los trabajadores inmigrantes deberá incluir:

-Permiso de estancia para todos sin condición alguna;

-Derecho al voto y a la ciudadanía para todos los inmigrantes;

-Cierre de todos los centros de detención para inmigrantes;

-Mismas condiciones de salario y trabajo para los trabajadores inmigrantes y nativos;

-Anulación de las leyes xenófobas que preveen algunas limitaciones al derecho de libre circulación de los inmigrantes (extracomunitarios y comunitarios) en todos los países de la UE;

-Contratación  a tiempo indefinido para todos los trabajadores a tiempo determinado;

-Servicios sociales, Educación y Salud públicos y gratuitos;

-Derecho a la autodefensa de los trabajadores inmigrantes de las agresiones  xenófobas y racistas;

-Unidad en la lucha de clase entre trabajadores inmigrantes y trabajadores nativos;

-Unidad internacional de los trabajadores en contra de las políticas raciales y coloniales de los Países imperialistas;

-Solidaridad con la revoluciones en el Norte de África y en Oriente Medio. Solidaridad con la lucha del pueblo palestino.

 

La Liga Internacional de los Trabajadores- Cuarta Internacional lucha por la unidad de clase de los trabajadores nativos e inmigrantes, siendo consciente de que sólo con la supresión del capitalismo y la construcción de una economía socialista será posible vencer completamente el racismo.

 
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